Boecio

Buenos días desde Academia Cruellas. Hoy nuestro comentario se centrará en Boecio. Manlio Severino Boecio, el último de los filósofos romanos, nació el año 470. Ocupó diferentes cargos políticos durante el reinado del ostrogodo Teodolito. Caído en desgracia, murió decapitado tras un largo periodo de encarcelamiento en la prisión de Pavía.

Boecio es una figura de singular importancia como transmisor de la filosofía griega al Occidente medieval. En esta tarea transmisora destaca doblemente: como traductor y comentarista de las obras lógicas de Aristóteles y como creador de una parte notable del vocabulario filosófico latino. Términos como “acto”, “potencia”, “principio”, “universal”, “contingente”, etc, fueron introducidos por él al traducir los términos griegos correspondientes. Escribió, además, una obra titulada De la consolidación por la filosofía durante su dilatada estancia en prisión.

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Los espectáculos en Roma

Los espectáculos romanos tienen en su origen conmemorar las festividades de los dioses. Pero al final de la República, este ya no es su fin. Los espectáculos se convirtieron en la forma más eficaz de ganarse los favores del pueblo, y los emperadores, sabedores de todo ello, recurrían a ellos para tener al pueblo tranquilo. Los emperadores romanos sabían tan bien como Luis XIV  que la admiración es uno de los mejores caminos para conseguir que los pueblos se entreguen por entero a la voluntad de sus gobernantes. Hasta Caligula tenía el respeto y el amor del pueblo. Cuando murió lo lloraron con entusiasmo. Los repartos de carne, los espectáculos y los combates de gladiadores, organizados por él fueron impresionantes. En cuanto a Nerón, su recuerdo siguió viviendo entre el pueblo, que no se dio crédito a la noticia de su muerte y, treinta años después, aún había quienes esperaban que retornase.

Ahora bien, llegó un momento en que los espectáculos no dependían ya del emperador de turno. Se convirtieron en una necesidad de la Roma imperial. Entre la población de la capital había mucha gente que no poseía nada. El gobierno velaba por su sustento mediante los grandes repartos periódicos de trigo, y esto traía como consecuencia que tenían que ofrecer distracciones para entretener a la gente. Este entretenimiento se lo ofrecían los espectáculos públicos. Las conocidas palabras -panem et circenses- en las que Juvenal resume el ideal a que habían quedado reducidas las aspiraciones de un pueblo, no eran más que un dicho que circulaba por Roma. Parece ser que esta frase empezó aplicándose a los habitantes de Alejandría. El primero que aplicó esta frase a Roma, fue probablemente Trajano. Pronto el pan y los juegos dejaron de ser, en la capital, una gracia del gobierno para convertirse prácticamente en un derecho del pueblo. Cada nuevo emperador que subía al trono se veía obligado, quisiera o no, a asumir la herencia que le legaban sus antecesores. Por eso en cuanto al esplendor y la grandiosidad de estas fiestas rivalizaban por igual todos los monarcas, los buenos y los malos.

Los espectáculos públicos adquirieron también nueva importancia bajo el imperio en el sentido de que daban al pueblo la posibilidad de congregarse en masa y exteriorizar en voz alta ante el emperador sus sentimientos, sus odios, sus miedos, sus inclinaciones, sus deseos, sus súplicas y sus quejas, manifestaciones que allí eran recibidas con tolerancia poco usual fuera del circo o del teatro.

Publicano

En la antigua Roma, recibía este nombre aquel individuo  que pagando anticipadamente al Estado una suma convenida se quedaba con el producto de los impuestos que se encargaba de cobrar. Los publicanos solían contar con hombres a su servicio y podían asociarse formando poderosas compañías que funcionaban por un sistema de acciones. Estas sociedades tuvieron su mayor auge a finales de la República.

La mujer en Roma

Después de ver por enésima vez Ben- Hur, una gran película, hemos discutido sobre cuál era la situación de la mujer en Roma. Es sabido que las romanas tan pronto como dejaban de ser niñas se prometían y se casaban. Además también prestaban gran atención a su cuerpo para que este se perfeccionase. Con este fin, se ceñía la cintura de las niñas con cintas muy apretadas para que su pecho se desarrollase, lo que en casos de descuido o inexperiencia de la niñera originaba con frecuencia deformaciones de la espalda o desigualdad entre ambos hombros. Terencio ya se quejaba de que las madres se preocupaban por hacer de sus hijas personas desmedradas, con los hombros caídos y el pecho bien apretado. Si una adolescente tenía un aspecto un poco duro, decían que parecía una gladiador y la hacían ayunar.

Los padres intentaban asegurar la suerte futura de sus hijas a través de un matrimonio adecuado. La mujer era legalmente apta para el matrimonio a los doce años. Algunas veces eran entregadas al hombre con el que se casarían antes de alcanzar dicha edad, pero sólo adquirían los derechos legales de esposa al cumplir los doce años. Por norma general, la mujer romana se casaba entre los trece y los diecisiete años. La entrada en el matrimonio suponía para la mujer un tránsito brusco de la sumisión incondicional a sus padres a un estado de libertad ilimitada. Una vez dentro de su casa, la mujer ocupaba una posición extraordinariamente independiente. El antiguo derecho romano de familia les concedía el derecho de propiedad sobre los bienes aportados por ellas al matrimonio. Por lo tanto, vemos que la mujer en Roma gozaba de una posición mejor que la mujer en Grecia. Otro día hablaremos sobre el nivel moral de las mujeres en Roma y veremos algunos comentarios al respecto de Ovidio y de otros contemporáneos.

Otro día

Retratos de antepasados

Hoy vamos a comentar la costumbre que tenían los romanos una vez que se moría un personaje ilustre. Para ello nada mejor que nos los cuente Polibio:”Siempre que muere un hombre ilustre le hacen el funeral en el Foro, en los llamados Rostra (tribuna adornada con proas de naves capturadas a los volscos de Anzio en el 338), poniéndolo unas veces erguido y otras acostado. Alrededor está el pueblo entero. Sube entonces a los Rostra un hijo del difunto, si por acaso ha dejado uno de la edad apropiada, y si no, otro pariente, que pronuncia un discurso acerca de lo que el muerto ha hecho en vida, y sobre sus méritos o virtudes. Así la multitud, y no sólo los que fueron testigos de aquellos sucesos, sino todos los que nunca participaron en ellos, se compenetran de tal modo con los deudos, que la pérdida no sólo afecta a éstos sino a todo el pueblo. Después de esto, del entierro y de las ceremonias usuales, colocan el retrato del difunto en lugar preferente de la casa, en un armario de madera. Este retrato es una mascarilla, realizada con el máximo cuidado de que se parezca al difunto, tanto en lo que se refiere a la forma como al color.

En las celebraciones de sacrificios públicos, exponen estas imágenes y las adornan primorosamente; cuando un miembro distinguido de la familia muere, las llevan al funeral poniéndoselas a hombres que tienen un parecido sumo con el personaje original, tanto en estatura como en porte. Estos representantes llevan togas ribeteadas de púrpura, si el personaje fue cónsul o pretor; y todas de púrpura, si censor; o bordadas de oro, si celebró un triunfo o algo semejante. Todos desfilan en carrozas precedidos de las fasces, las hachas y otras insignias según la dignidad correspondiente a las magistraturas que cada cual haya desempeñado en su vida, y cuando llegan a los Rostra, se sientan todos en una fila de sillas de marfil.

No podía encontrarse espectáculo más emulador para un joven que aspire a la fama y a la virtud. ¿Pues a quién no le inspiraría la visión de retratos de hombres renombrados por su excelencia, reunidos allí como si estuviesen vivos y respirando?¿Qué espectáculo podría ser más hermoso que éste? Además, el que pronuncia el discurso sobre el que va a ser enterrado, cuando termina de hablar de él, refiere los éxitos y hazañas del resto de las imágenes allí presentes, empezando por la más antigua. Así por esta constante renovación del renombre de los valientes, se inmortaliza la fama de los que han llevado a cabo nobles hazañas, a la vez que la fama de quienes han servido bien a su país se da a conocer al pueblo y es herencia de futuras generaciones……” (Polivio, Historiae, VI)