“Me basta así” por Angel González

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

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Clinamen

Los átomos que caen en el vacío (atomismo) experimentan una pequeña “desviación”, clinamen, que les permite moverse en otras direcciones. Parece ser que Epicúreo formuló esta teoría, que fue expresada por Lucrecia. Con ella se intenta explicar tanto la posibilidad de que los átomos que caen en el vacío formen cuerpos como insertar la libertad en el mundo.

¿Por qué fracasó el comunismo como sistema de gobierno?

Durante muchos años en occidente la respuesta ha sido las ansias de libertad y en la superioridad económica del capitalismo. Bien, ¿pero son suficientes estas explicaciones? La cuestión es que Occidente se ha mantenido allí donde el comunismo se ha hundido. El autoritarismo ha fracasado porque los regímenes de partido único tampoco han podido definir un interés público trascendente, salvo en términos de su propia continuidad en el poder, y eso era muy poco convincente, incluso para ellos mismo.

La crisis del comunismo solo puede ser entendida en el marco de una perspectiva más amplia de la transformación social y política de las décadas finales del siglo XX. Estos dimensiones económicas han comportado la enorme expansión de los flujos de capital y la interconexión de los mercados financieros, la relocalización de la industria, el crecimiento de los servicios y de las comunicaciones y las migraciones masivas. Sus dimensiones culturales han implicado un nuevo énfasis en el lenguajes como eje matriz de la organización social. Estos desplazamientos en el terreno de las mentalidades y la tecnología han socavado la arquitectura de clases e identidades que estructuraron la vida cívica hasta los años 60 del siglo XX. Han hecho más difícil la agregación política de los intereses en conflicto tanto para los partidos democráticos como para los autoritarios. A la vista de ello, los ajustes de mercado sustituyen al pleno empleo y a la mayor desigualdad como principio regulador de la vida pública en todo Occidente.

Esto no significa que la política autoritaria no pueda tener su retorno. Pero si volviera la dictadura se vería obligada a encontrar un nuevo principio, más allá de la fuerza, para dar satisfacción a las demandas de la sociedad civil. Pero, esperemos que la democracia haya triunfado con la suficiente fuerza como para quedarse durante mucho tiempo.

El Quijote

El Quijote tuvo un éxito fulminante. Al principio se leyó como un libro cómico, cuya trascendencia quedaba tal vez limitada a ser una parodia de las novelas de caballerías. Un siglo después, en el XVIII, los lectores y los críticos lo consideraron ya como una obra clásica y como modelo de lenguaje. Pero es en el siglo XIX, con la llegada del Romanticismo, cuando el Quijote empieza a ser valorado en profundidad. En aquella época idealista, el caballero manchego se convierte en símbolo del hombre que lucha sólo por el triunfo del espíritu sin que le paren los obstáculos. Es quizá el último caballero de la Edad Media; tal vez el primero de una nueva era, que debe conducir al hombre a vencer la opresión y la injusticia.

Desde el Romanticismo, las interpretaciones del Quijote se han sucedido y se suceden. Y es que el hidalgo y su escudero encarnan, respectivamente, el impulso ideal y el sentido común que coexisten en nuestro corazón. Don Quijote se exalta,  imagina hazañas, no ve la realidad, sino que la inventa; y así se convierte en modelo humano, gobernado por la fe, el amor, el ansia de libertad y de justicia. Sancho, por el contrario, es la contrapartida de su señor, el cual no entiende las extravagancias de su señor. Pero lo sigue, dando ejemplo de fidelidad que le permite participar de los impulsos ideales y generosos de don Quijote.

Hegel y la Historia

Releyendo a Hegel vemos como la Historia es concebida como el progreso en el desarrollo de la libertad, es decir, como el desarrollo y progreso del Espíritu. Para visualizar esta idea, extraemos un fragmento de su libro lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Además, dicho texto nos interpela sobre el espíritu, y por ende la libertad que es su sustancia.

“El espíritu no es una cosa abstracta, no es una abstracción de la naturaleza humana, sino algo enteramente individual, activo, absolutamente vivo: es una conciencia, pero también su objeto. La existencia del espíritu consiste en tenerse a sí mismo por objeto. El espíritu es, pues, pensante; y es el pensamiento de algo que es, y el pensamiento de qué y de cómo es. El espíritu sabe; pero saber es tener conciencia de un objeto racional. Además, el espíritu sólo tiene conciencia por cuanto tiene conciencia de sí mismo, esto es: sólo sé de un objeto por cuanto en él sé también de mí mismo, sé que mi determinación consiste en que lo que soy es también objeto para mí, en que soy meramente esto o aquello, sino que soy aquedoo de que sé. Yo sé de mi objeto, y sé de mí; ambas cosas son inseparables. El espíritu se hace, pues, una determinada representación de sí, de lo que es esencialmente, de lo que es su naturaleza. Sólo puede tener un contenido espiritual: y lo espiritual es justamente su contenido, su interés. Asi es como el espíritu llega a su contenido. No es que se encuentre su contenido, sino que se hace su propio objeto, el contenido de sí mismo. El saber es su forma y su actitud; pero el contenido es justamente lo espiritual: Así el espíritu, según su naturaleza, está en sí mismo; es decir, es libre.

(…) es la libertad la sustancia del espíritu. Inmediatamente claro para todos es que el espíritu posee la libertad entre otras propiedades. Pero la filosofía nos enseña que todas las propiedads del espíritu existen sólo mediante la libertad, que todas son simples medios para la libertad, que todas buscan y producen la libertad. Es este un conocimiento de la filosofía especulativa, que la libertad es la única cosa que tiene verdad en el espíritu.

(…) el espíritu consiste en tener el centro en sí; (…) no tiene la unidad fuera de sí, sino que la encuentra continuamente en sí; es y reside en si mismo (…) y esto justamente es la libertad.

(…) Cuando el espíritu tiende a su centro tiende a perfeccionar su libertad; y esta tendencia le es esencial. Cuando se dice en efecto que el espíritu es, esto tiene, ante todo, el sentido de que es algo acabado. Pero es algo activo. La actividad es su esencia; es su propio producto; y así es su comienzo y también su término. Su libertad no consiste en un ser inmóvil, sino en una continua negación de lo que amenaza negar la libertad. producirse, hacerse objeto de sí mismo, saber de sí, es la tarea del espíritu. De esta manera el espíritu existe por sí mismo. Las cosas naturales no existen para sí mismas; por eso no son libres.