Alienación

En filosofía, este termino designa la situación de la conciencia -o del sujeto- que se pierde a sí mismo en lo otro, en una realidad ajena o extraña, aunque ésta pueda ser producto de la propia conciencia, la cual, sin embargo, no se reconoce en su producto. Así ocurre en el idealismo de Hegel con el mundo exterior, en Feuerbach con la idea de un Dios personal en que el hombre se proyecta. El término ha sido elaborado ampliamente por el marxismo a través de la realidad del trabajo en la sociedad capitalista. Un trabajo alienado en la medida en que:

  • el producto del trabajo no es propiedad del propio trabajador
  • la actividad productiva misma le es ajena al haber sido objeto de venta en el mercado de la “fuerza de trabajo”
  • se origina así un despojo general del hombre en nuestra sociedad con una verdadera separación de esencia y de existencia

La esencia humana no se encuentra realizada en una sociedad deshumanizada y en que el hombre se encuentra dividido en los más diversos planos, no sólo el económico, sino el político, el ideológico, el religioso. La superación de esta situación se producirá por la apropiación colectiva de los medios de producción, como paso a una nueva sociedad que permita y determine la reconciliación del hombre histórico con su propia realidad.

La Revolución francesa según Hegel

Fundamentalmente la Revolución significó para Hegel el hacerse valer y el triunfo de la Razón: enunciaba el valor supremo de la razón sobre la realidad. El principio de la Revolución establecía que el pensamiento debe gobernar la realidad y el orden político-social;”todo lo racional es real”, dirá Hegel, es decir, sólo puede considerarse como verdadera realidad aquella que realiza las exigencias y los fines de la Razón. La Revolución se proponía aunar la vida socialcomunitaria con el principio de la “subjetividad”, con la realización de la libertad y el saberse libre.
Sin embargo, la experiencia del Terror, que Hegel interpretó como la exasperación del principio subjetivo de la libertad, mostró a Hegel la tremenda dificultad de conjugar racionalmente la libertad del hombre y la organización político-social en un equilibrio en el que ninguno de los polos o mementos sea reducido y disuelto en el otro, pues en tal caso se acabaría con la libertad objetiva y con la vida del Espíritu. Este último es el auténtico problema hegeliano.

El concepto marxista de “dialéctica”

La idea fundamental de esta nueva concepción del mundo que fue el marxismo es la idea de dialéctica, idea que constituía “el lado revolucionario de la filosofía hegeliana” y que expresa la naturaleza de la realidad como un proceso, como una totalidad dinámica de elementos interrelacionados. “La dialéctica de Hegel -escribe Marx en una carta a Kugelmann- es la forma básica de toda dialéctica, pero sólo después de la eliminación de su forma mística” Señalamos a continuación, algunos aspectos de la “desmitificación” que el marxismo hace de la diléctica hegeliana, de la “materialización” de su caracter idealista, de la “vuelta del revés” que Marx lleva a cabo con la dialéctica de Hegel.

a) En cuanto a las categorías de “inmediatez-mediación”, el marxismo negará que toda realidad u objeto que se presenta como “inmediato” suponga ya previamente una “mediación” y sea por tanto el resultado de una acción productiva mediadora. Esto está dicho especialmente en relación con la “naturaleza”: la naturaleza no es el resultado o el producto de algo previo y distinto de ella (el Espíritu), -tesis que lleva al idealismo-, sino que la naturaleza es originaria, y por tanto algo inmediato.

b) La categoría de “Totalidad” no expresa, en verdad, la totalidad de la Razón o del Espíritu, ni el todo que es lo real es un “todo racional o espiritual” (Hegel), sino que es la totalidad natural-social, la totalidad material que es la producción de la vida: la totalidad de la sociedad de clases.

c) Esta totalidad encierra una “negatividad”: carácter negativo o contradictorio de lo real. Mas la contradicción es justamente una contradicción real (según el nuevo concepto marxista de “realidad”), y no meramente lógica o de los conceptos. Y de negación de la situación contradictoria o negativa (la “negación de la negación”) no es una mera negación “lógica o sólo pensada y realizada en el orden del pensamiento”, sino que consiste en la transformación de la estructura y el orden real dado contradictorio, y la instauración de otro nuevo.

d) De ahí que, en lo que se refiere, por último, a la superación de la contradicción o negatividad, no consista ni en la “aniquilación” de objeto natural-material que recibe la “actividad transformadora” mediante la cual se realiza la “superación”, ni que la “superación” lo sea sólo pensada, en el orden de los conceptos. La realidad es, pues, según el marxismo, dialéctica; y la dialéctica es una dialéctica material. Pero, ¿qué significa material? Esto lo veremos en una nueva entrada.

La derecha e izquierda hegeliana

La filosofía de Hegel hace frente a cuestiones y problemas de carácter religioso y político, se encuadra en un tiempo histórico de revolución y profundos cambios sociales. Religión y política están continuamente presentes en la obra de Hegel. Por otro lado el “método dialéctico” y el “sistema absoluto” pretenden mantener todos los momentos y las instancias de la vida del espíritu y al mismo tiempo unificarlas y englobarlas, en una difícil superación, en el sistema de la Idea o la Razón absolutas. No de un modo aislado ni adjetivo trasluce por doquier en la obra de Hegel una gran ambigüedad.
Esta ambigüedad hizo y facilitó que su filosofía pudiese ser interpretada como una consolidación y conservación de la Religión y de la Teología, y como una justificación “ideológica” de un Poder autoritario y un Estado “fascista”; o bien como una disolución y, a fin de cuentas, negación de la Religión y de Dios, ofreciendo además el carácter dialéctico de la realidad un “motor de transformación” del orden político y social dado. En una palabra, “el método dialéctico” abogaba por esto último, mientras que el sistema podía ser puesto al servicio de la reacción. Engels lo señaló claramente: “quien hiciese hicapié en el sistema de Hegel podía ser bastante conservador en ambos terrenos (la religión y la política); quien considerase como lo primordial el método dialéctico podía figurar, tanto en el aspecto religioso como en el aspecto político, en la extrema oposición”.
A la muerte de Hegel, los discípulos e intérpretes de la obra hegeliana siguieron uno u otro camino de los indicados, dando lugar a las denominadas “derecha” e “izquierda” hegelianas.

La crítica de Marx a Hegel.

Marx lleva un ajuste de cuentas con Hegel. ¿Porqué? Hay dos razones: en primer lugar, Hegel es la expresión más perfecta de lo que se conoce con el nombre de la filosofía como “interpretación” de la realidad. En segundo lugar porque en Hegel tiene lugar la consumación teórica e ideológica del mundo crisitiano-burgués. Por lo tanto, el derrumbamiento del sistema hegeliano vendría a significar el derrumbamiento de la concepción cristiano-burguesa del mundo.

Todo esto lo desarrollo en el siguiente podcast.

Critica de Marx a Hegel

 

Hegel y la Historia

Releyendo a Hegel vemos como la Historia es concebida como el progreso en el desarrollo de la libertad, es decir, como el desarrollo y progreso del Espíritu. Para visualizar esta idea, extraemos un fragmento de su libro lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Además, dicho texto nos interpela sobre el espíritu, y por ende la libertad que es su sustancia.

“El espíritu no es una cosa abstracta, no es una abstracción de la naturaleza humana, sino algo enteramente individual, activo, absolutamente vivo: es una conciencia, pero también su objeto. La existencia del espíritu consiste en tenerse a sí mismo por objeto. El espíritu es, pues, pensante; y es el pensamiento de algo que es, y el pensamiento de qué y de cómo es. El espíritu sabe; pero saber es tener conciencia de un objeto racional. Además, el espíritu sólo tiene conciencia por cuanto tiene conciencia de sí mismo, esto es: sólo sé de un objeto por cuanto en él sé también de mí mismo, sé que mi determinación consiste en que lo que soy es también objeto para mí, en que soy meramente esto o aquello, sino que soy aquedoo de que sé. Yo sé de mi objeto, y sé de mí; ambas cosas son inseparables. El espíritu se hace, pues, una determinada representación de sí, de lo que es esencialmente, de lo que es su naturaleza. Sólo puede tener un contenido espiritual: y lo espiritual es justamente su contenido, su interés. Asi es como el espíritu llega a su contenido. No es que se encuentre su contenido, sino que se hace su propio objeto, el contenido de sí mismo. El saber es su forma y su actitud; pero el contenido es justamente lo espiritual: Así el espíritu, según su naturaleza, está en sí mismo; es decir, es libre.

(…) es la libertad la sustancia del espíritu. Inmediatamente claro para todos es que el espíritu posee la libertad entre otras propiedades. Pero la filosofía nos enseña que todas las propiedads del espíritu existen sólo mediante la libertad, que todas son simples medios para la libertad, que todas buscan y producen la libertad. Es este un conocimiento de la filosofía especulativa, que la libertad es la única cosa que tiene verdad en el espíritu.

(…) el espíritu consiste en tener el centro en sí; (…) no tiene la unidad fuera de sí, sino que la encuentra continuamente en sí; es y reside en si mismo (…) y esto justamente es la libertad.

(…) Cuando el espíritu tiende a su centro tiende a perfeccionar su libertad; y esta tendencia le es esencial. Cuando se dice en efecto que el espíritu es, esto tiene, ante todo, el sentido de que es algo acabado. Pero es algo activo. La actividad es su esencia; es su propio producto; y así es su comienzo y también su término. Su libertad no consiste en un ser inmóvil, sino en una continua negación de lo que amenaza negar la libertad. producirse, hacerse objeto de sí mismo, saber de sí, es la tarea del espíritu. De esta manera el espíritu existe por sí mismo. Las cosas naturales no existen para sí mismas; por eso no son libres.

La doble dimensión de la justicia

Fue en la Edad Media cuando se reconoció de una forma clara la doble dimensión de la justicia. Por un lado, lo justo era equivalente a lo virtuoso. La justicia era una de las cuatro virtudes básicas del hombre bueno. Pero al mismo tiempo, surgió el concepto de justicia social, que distinguía entre justicia distributiva, consistente en arreglar la proporción con que deben distribuirse bienes y cargos; justicia conmutativa, que es la actitud justa de los individuos entre sí, y justicia penal, que había de infligirse precisamente a los infractores de la justicia en general.
De esta forma quedan recogiedos los dos sentidos que acompañan a lo justo. Ahora bien, hubo de esperar al siglo XIX, con Hegel para que se estableciese un equilibrio más claro, dentro del significado de justicia. Hegel remarcó la mutua y necesaria implicación existente entre el ajustamiento individual y el social. Según Hegel, el derecho es el reino de la ley exterior al hombre. Frente al derecho, su antítesis sería la moralidad: el reino de lo puramente interior al hombre, que nada tendría en común con el resto de los códigos de los demás seres humanos. Y, la síntesis de derecho y moralidad sería la eticidad, lugar de convergencia de lo comunitario y lo individual, en el cual cabrían todas las particularidades individualizadoras. Dicho planteamiento de Hegel, todavía no se ha hecho realidad plena en la vida de ningún país.