La idea occidental de Revolución

La idea de Revolución ha sido la idea más potente en Europa así como en el resto del mundo. A día de hoy no podemos saber si este concepto se debilitará algún día, pero hasta la fecha su fuerza sigue aumentando. Regiones cada vez más extensas se han visto afectadas por ella y las aspiraciones revolucionarias han incluido todos los aspectos de la vida pública como privada. En la idea occidental de revolución hay dos componentes que merecen ser destacados. El primero es la creencia en que la justicia y la felicidad reinarán un día en la sociedad, pero que antes de que esto ocurra puede haber un gran cataclismo, y la sociedad puede sufrir grandes trastornos. El segundo es la creencia en que el hombre es hijo de sus propios designios y que, con sus actos, puede -y así lo hará efectivamente- propiciar el advenimiento de una época de justicia y felicidad. ¿Es creíble todavía a día de hoy?

Anuncios

Autotranscendimiento del hombre en la voluntad

El hombre, para San Agustín, se caracteriza por una actitud de búsqueda constante que lo lleva a autotranscenderse, a buscar más allá de sí mismo. Este impulso de autotranscendimiento no tiene lugar solamente en el ámbito del conocimiento, sino que también tiene lugar en el ámbito de la voluntad.
El hombre busca la felicidad. Para San Agustín, el hombre ha sido hecho de tal modo que “no puede ser ella misma el bien que la haga feliz”. El hombre se ve obligado a autotranscenderse ya que “solamente puede hacer feliz al hombre algo que sea más que el hombre mismo” y esto, según San Agustín, no es otra cosa que Dios. Para San Agustín, la felicidad se halla en el amor de Dios. En toda esta argumentación, San Agustín omite toda distinción entre lo Racional y la Creencia.

Profesiones prácticas, profesiones inútiles

“Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la calle, ¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es erróneo. Sería una lástima que un joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.
Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por ello dinero, vestidos y zapatos. De otra forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar
-¿Nada más?
-Nada más…..Pues sí, también sé hacer poesías. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
-Si me gusta la poesía, sí.
-Tus versos son muy bellos -exclamó Kamala-; si yo fuera rica te los pagaría a precio de oro. Pero te será difícil ganar con versos tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho, si quieres ser amigo de Kamala.
-¡Cómo sabes besar, Kamala!- balbuceó Siddharta.
-Si, eso lo sé hacer; por ello tampoco no me faltan vestidos, ni zapatos, ni pulseras, ni otras cosas bonitas. ¿Pero que será de ti?¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
Siddharta replicó:
-Ayer te conté que sé pensar, esperar y ayunar, y tú encontraste que todo ello no servía para nada. Sin embargo, sirve para mucho”.
HERMAN HESSE: Siddharta

Cultura e infelicidad

En El malestar en la cultura Freud analiza la naturaleza de la cultura y sus consecuencias para el individuo. En Tótem y Tabú se especificaba que la vida en común presupone una notable renuncia a las tendencias sexuales y hostiles. En el malestar en la cultura se insiste en este punto, y da más importancia a la renuncia a la agresividad que a las renuncias sexuales. El camino seguido por la cultura para imponer esta renuncia consiste en dirigir hacia uno mismo la agresividad por medio de la conciencia moral, del superyo exigente y cruel:”la tensión creada entre el severo superyo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitado a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada” (el malestar en la cultura, Alianza editorial). Más adelante señala Freud que “el precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del sentimiento de culpabilidad”.
Esta situación es fatal, inevitable. Tal vez será posible paliar hasta cierto punto la situación rebajando las exigencias de la cultura e introduciendo ciertos reajustes (Freud piensa en la posibilidad futura de un tratamiento psicoanalítico de la colectividad), pero la cultura hará siempre infeliz al hombre. El pesimismo freudiano se impone, una vez aceptada la imposibilidad de eliminar ninguna de las tres instancias del aparato psíquico: ello, yo y superyo.

La moral en Aristóteles

Aristóteles parte en su ética del principio de que el fin último, la meta última de todos los seres humanos, es la felicidad. Con esta afirmación, estarán de acuerdo seguramente todos los hombres, sea cual sea su credo o convicciones. El desacuerdo comienza al concretar en qué consiste la felicidad. Se trata de una dificultad seria para toda teoría moral:¿cómo determinar en qué consiste la felicidad?

Ante esta pregunta, caben básicamente dos actitudes. La primera consistiría en dejar que cada uno decida individualmente y a su arbitrio qué es lo que puede hacerle feliz: tal actitud renuncia a la teoría moral, es decir, renuncia a encontrar un modelo generalizable de felicidad, desentendiéndose de la pregunta sin intentar siquiera contestarla. Si, por el contrario, se adopta una actitud teórica, como hace Aristóteles, la pregunta solamente puede ser contestada analizando la naturaleza humana. Como los sofistas, como Platón, como todos los filósofos griegos, Aristóteles se vuelve al estudio de la naturaleza humana, estableciendo un segundo principio: cada ser es feliz realizando la actividad que le es propia y natural.

Este principio, según el cual la felicidad consiste en el ejercicio de la actividad propia de cada ser, es una consecuencia que se sigue lógicamente de la concepción teleológica de la naturaleza en Aristóteles. Si todo ser natural tiende a realizar determinadas actividades, el ejercicio de éstas traerá consigo la satisfacción de sus tendencia y, con ello, la perfección y la felicidad. Ahora bien, la actividad más propia y natural del hombre, aquélla que corresponde más adecuadamente a la naturaleza de éste, es la actividad intelectual. La forma más perfecta de felicidad sería, por tanto, la actividad contemplativa.

Pero Aristóteles sabe que el hombre no es sólo razón, entendimiento. Una vida dedicada a la contemplación solamente sería posible si el hombre no tuviera necesidades corporales, problemas económicos, interferencias sociales, etc. Este ideal de felicidad y perfección es, pues, una aspiración fácticamente irrealizable para la inmensa mayoría de los hombres, y aun aquéllos que pueden dedicarse a la contemplación solamente pueden hacerlo durante escasos períodos de tiempo a lo largo de su vida. El hombre no puede, pues, alcanzar esta felicidad absoluta propia de Dios, sino que ha de contentarse con una felicidad limitada. La consecución de esta forma rebajada de felicidad exige la posesión de las virtudes morales para regular las tendencias propias y el trato con los demás, así como la posesión de ciertos bienes corporales (salud, por ejemplo) y exteriores (medios económicos, etc)