El baile del Moulin de la Galette

Esta es una obra impresionista realizada por Auguste Renoir. La obra representa una escena del baile realizado en La Galette, un café parisino frecuentado por artistas y modistillas. El autor copia del natural y pinta una fiesta popular, con personajes bohemios. Parece haber una inclinación por lo banal, quizá como reacción a la pintura realista burguesa. La obra capta un instante, lo que supone un rasgo característico del impresionismo, que significó una constante investigación en el arte para responder a los interrogantes individuales y colectivos y para adaptarse a los cambios del mundo moderno. Abrió el camino a la desmaterialización y adaptó la pintura a las nuevas percepciones: la imagen se observaba cada vez más rápida por la influencia del concepto de velocidad, consecuencia a su vez de los nuevos medios de transporte y de la aceleración del ritmo de vida y de los acontecimientos históricos.

El cuadro, realizado al óleo, es espléndido, no sólo por la pintura en sí sino porque manifiesta la idea que Renoir tenía de lo que para él constituía la buena vida. La principal aportación de este artista es trasladar a la figura humana las conquistas alcanzadas por el impresionismo.

Al autor le interesa especialmente reflejar el resplandor del sol incidiendo sobre los cuerpos. La luz toma así una especial importancia, ya que se considera que la pintura es el resultado de reproducir la sensación fugaz e inmediata que la luz que incide en los objetos provoca en la retina del espectador.

Turner

Joseph Mallord William Turner nació el 23 de abril de 1775 en Londres. Nació pobre y murió rico. A lo largo de toda su vida estuvo obsesionado por el placer.

Su discurso sobre la naturaleza y el paisaje, sobre el hombre, pretendía impresionar el oído y el alma de la gente. Fueron dos fechas las que marcan la línea divisoria entre dos maneras de entender difundir la luz en sus cuadros. Estas fechas son las de 1819 y 1828, que coinciden en dos viajes a Italia. Venecia lo encantó, suscitó su imaginación y liberó su pintura de maquillajes falsos.

En uno de tantos cuadros de tormenta, hundido en un torbellino de nubes cargadas de agua y tragado por la potencia de las olas amenazantes que se confunden con la furia del cielo, un barco apenas esbozado con algunos trazos de color, con la bandera que ondea sobre lo alto del pabellón, nos parece vagamente reconocible, aturdido e impotente ante la agresión que la naturaleza desencadena sobre él.

No sabemos si Turner asistió alguna vez a un espectáculo semejante ni si, efectivamente, una visión apocalíptica de este calibre puede ser real. Sin embargo, lo cierto es que, al mirar una pintura como esta, nos parece sentir el salado olor del mar embravecido y el angustioso silbido del viento, la fuerza irresistible de la naturaleza que lo arrastra todo, que lo aniquila todo, si ése es su deseo.

A través del impacto cromático y competitivo del cuadro, la traducción sobrenatural de una realidad intuida y plasmada en la tela siguiendo las huellas de los sentimientos, Turner consigue comunicarnos la exacta percepción de la dinámica de los hechos. De repente, ya no sabemos si lo que vemos es verdad o ficción.

El Greco

Domenico Teotocópulos (1541-1614), apodado en España El Greco por su origen natal, es el gran pintor del último tercio español del siglo XVI. Nació en la isla de Creta y se educó en Venecia, recogió diferentes influencias y creó, a partir de estas, un estilo personal y original. Recibió una primera influencia bizantina derivada de los iconos, que plasmó en el sentido simbólico y ritual de sus imágenes religiosas. Su estancia veneciana le proporcionó ciertos esquemas en la composición de sus obras y la preferencia por los colores. De su paso por Roma, aprendió el tratamiento del desnudo, y la composición alargada de las formas que llega incluso a deformar los cuerpos.

La estancia de El Greco en Venecia hacia 1560 pueden estar en el origen de la influencia italiana que apreciamos en su obra, especialmente de El Veronés, Tiziano y Tintoretto. De Tiziano aprendió El Greco la pintura tonal, es decir, el color que se transforma según los efectos de la luz que recibe, así como el dramatismo en los esquemas, la pincelada suelta e inacabada, el volumen de los cuerpos, el movimiento, y los efectos de brusca iluminación en las composiciones nocturnas. Esta influencia la podemos observar en obras como El sueño de Felipe II o la Oración en el huerto. Del manierismo italiano es probable que tomara el estilo elegante, sinuoso y refinado de su obra.

Posteriormente se traslada a España y, tras una corta estancia en Madrid, se instala en Toledo, donde consolida su peculiar estilo del canon alargado en las figuras, composiciones inestables, colores irreales, expresividad intensa y enorme misticismo.

Los artistas en el siglo XIII

El que hoy llamamos artista, fue considerado artesano y él mismo se tuvo como tal en su época. Desde la Antigüedad, y salvo alguna excepción, había sido siempre así. Sólo el arquitecto merece un trato especial y esto es también algo secular. En ciertas zonas y probablemente por la general revalorización de los oficios mecánicos en base a su utilidad pública, la consideración social del artista varía y son de destacar, en este sentido, las sutiles implicaciones que Petrarca descubre en la obra de Giotto. Sin embargo, aunque podemos afirmar que el del pintor constituyó un caso aislado, es significativo, porque anuncia el cambio que va a llegar con el Renacimiento.

Los pintores, escultores, orfebres,.., reunidos gremialmente como los integrantes de los restantes oficios menestrales, fueron asentándose durante el siglo XIII en las ciudades, si bien en algún caso, por la naturaleza de su trabajo no les fue fácil abandonar la itineraria, por lo cual los artistas se vieron obligados a modificar constantemente su estatus ciudadano. Pensemos por ejemplo en el periplo de Giotto: Florencia, Asís, Padua, Roma, Rímini, Ravena, Nápoles,…

Determinadas ocupaciones artísticas permiten un mayor asentamiento que otras y, en el caso de los miniaturistas, o de los orfebres, parece haber sido así; también en el de los pintores más especializados en la obra de retablos, o en el de los escultores de imágenes de devoción. Esta situación no es extensible a los pintores contratados para realizar decoraciones murales, o a los arquitectos, cuya actividad les obliga a trasladarse a pies de obra.

En Francia, por ejemplo, el siglo XIII es la época de las grandes canterías, a cuyo abrigo trabajan desde picapedreros a lapiceras y vidrieros. Esto favoreció la existencia de equipos interdisciplinarios que se desplazaron conjuntamente desde unos centros a otros.

Academia Cruellas

La escuela de la Bauhaus

Un año después de acabada la guerra, en 1919, y aunque la situación de crisis en Alemania era insoportable (caos, miseria,..) se fundó una de las escuelas más importantes de todo el siglo XX, la Bauhaus. Ello se debió al arquitecto Walter Gropius. Primero se establecieron en Weimar, desde 1919 hasta 1924, para trasladarse posteriormente a Dessau. En las aulas de la Bauhaus surgieron todo tipo de diseños funcionalistas para las viviendas. Pero además, los profesores que impartían clases fueron muy conocidos y contribuyeron a configurar una nueva estética de lo funcional. Fueron profesores de la escuela Johannes Otten, Wassili Kandinsky, Paul Klee, y un largo etcétera.

El planteamiento más revolucionario que llevaron a cabo fue la propia programación de los cursos. Primero concibieron la formación del alumnado a lo largo de tres cursos consecutivos, pero posteriormente, Johannes Otten introdujo un curso preliminar, cuya finalidad era que el alumno llegase a familiarizarse con los elementos formales de toda obra artística. Proporción, escala, ritmo, luz, sombra, color eran objeto de estudio. De esta forma al concluir el primer semestre, el alumno estaba en condiciones de escoger el taller en el que le interesaba profundizar durante los próximos tres cursos.

En el taller, los alumnos tenían dos maestros, uno de artesanía y otro de configuración. En todos los talleres se efectuaban proyectos para los artículos de uso cotidiano y, aunque estos se efectuaban a mano, los alumnos sabían como fabricarlos industrialmente, ya que una de las prácticas era ir a las fábricas y seguir los procesos de realización industrial.

Pasados los tres años de estudios, los estudiantes se sometían a los exámenes que proponían los maestros, para obtener lo que se llamaba carta oficial que acreditaba sus conocimientos. Una vez obtenida ésta, los alumnos podían, si así lo deseaban, continuar estudiando en la clase de construcción para llegar a obtener el diploma de maestro de la Bauhaus.

La Bauhaus comenzó a ser conocida mundialmente, a pesar de las críticas que recibía de los sectores más conservadores. En su última etapa, la que cubre desde 1930 hasta 1933, fecha en la que los nazis cerraron la escuela por considerarla como un “nido de bolcheviques” fue dirigida por el arquitecto Mies Van der Rohe.

El Quijote

El Quijote tuvo un éxito fulminante. Al principio se leyó como un libro cómico, cuya trascendencia quedaba tal vez limitada a ser una parodia de las novelas de caballerías. Un siglo después, en el XVIII, los lectores y los críticos lo consideraron ya como una obra clásica y como modelo de lenguaje. Pero es en el siglo XIX, con la llegada del Romanticismo, cuando el Quijote empieza a ser valorado en profundidad. En aquella época idealista, el caballero manchego se convierte en símbolo del hombre que lucha sólo por el triunfo del espíritu sin que le paren los obstáculos. Es quizá el último caballero de la Edad Media; tal vez el primero de una nueva era, que debe conducir al hombre a vencer la opresión y la injusticia.

Desde el Romanticismo, las interpretaciones del Quijote se han sucedido y se suceden. Y es que el hidalgo y su escudero encarnan, respectivamente, el impulso ideal y el sentido común que coexisten en nuestro corazón. Don Quijote se exalta,  imagina hazañas, no ve la realidad, sino que la inventa; y así se convierte en modelo humano, gobernado por la fe, el amor, el ansia de libertad y de justicia. Sancho, por el contrario, es la contrapartida de su señor, el cual no entiende las extravagancias de su señor. Pero lo sigue, dando ejemplo de fidelidad que le permite participar de los impulsos ideales y generosos de don Quijote.

Francesco Borromini

Fue el gran rival de Bernini, aunque eso si, recibió encargos más modestos y menos espectaculares que éste. Su arquitectura sobresale por la fantasía de las formas y por el recurso a los elementos simbólicos. Borromini concibió la arquitectura casi como una escultura. Rompió todas las reglas establecidas y fue un arquitecto extraordinariamente creativo. Introdujo en sus construcciones novedosos elementos que provocaron curvas y formas alabeadas en las cornisas y los entablamentos. Se inspiró en ocasiones en las formas del gótico y recurrió a imaginativas bóvedas de aspecto nervado.

Entre sus obras podemos destacar la iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes, concebida con planta oval y una exquisita fachada alabeada; la iglesia de San Ivo de la Sabiduría, cuya planta adquiere la forma de una estrella y cuyo alzado culmina en una cúpula decorada en espiral.Biblioteca digital hispánica