El existencialismo de Sartre

Desde Academia Cruellas nos preguntamos hoy por la filosofía existencialista de Sartre. Como sabemos esta se incordian en una nueva experiencia histórica: el irracionalismo y la catástrofe de la última guerra mundial, la lucha de la resistencia contra el nazismo y la búsqueda de un sentido a la vida humana desde la radical experiencia de una libertad creadora. Sartre parte de un radical antipriorismo. Afirma, no sólo que no existe un Dios, sino que no existen tampoco las normas ideales que deben guiar la existencia humana. Ahora bien, la ética de Sartre nos aparece como una ética absolutamente autónoma, y de una forma más incisiva que en el esfuerzo de Kant. Lo que en Kant aparecía explayado como consideración general de la moralidad, en Sartre se convierte en la incitación a realizar nuestra personalidad.

Resulta muy expresivo recordar el ejemplo sobre el que Sartre moldea su reflexión. Un antiguo alumno suyo recurre a él planteándole un problema moral. Durante la ocupación alemana de Francia, se encuentra ante una grave alternativa: abandonar a una madre, cuyo único sustento él representaba, tratando de incorporarse a la resistencia y abandonando el país; o bien, permanecer junto a ella procurándole el alimento y amparo que parece necesitar de una manera tan absoluta, ya que el abandono la conduciría a la desesperación. ¿Qué hacer en esta disyuntiva? Para Sartre no existe ninguna norma apriorística que pueda definir la conducta más correcta moralmente. El individuo debe decidir, según una vocación que se revelará en el mismo acto de decisión. No existen esencias anteriores a nuestra existencia, esencias inscritas en un mundo inmutable. El hombre es su existencia misma, por ello la vida humana está cargada de una tremenda responsabilidad. Además, Sartre subraya de qué manera al elegir nuestra línea de conducta elegimos a toda la humanidad. Aquí resuenan las ideas kantianas, pero no de una manera teórica, sino absolutamente práctica, ya que, de hecho, el ideal que nos proponemos nos aparece como una norma absoluta, pero una norma que debemos descubrir nosotros mismos desde nuestra autenticidad más profunda. Sólo las conductas de mala fe, las conductas enmascaras, bloquean la vía justa hacia la autenticidad del acto moral. En la medida en que el acto moral sea sincero no puede ser juzgado por los demás. En consecuencia, en el acto moral el hombre se encuentra y se descubre a sí mismo. Y se descubre no ya como un ser solitario, sino como un ser genérico, como expresión de la humanidad entera. Cada acto humano decisivo, verdaderamente moral, comprometa a toda la humanidad.

En las ideas de Sartre se da una aportación importante: la moralidad es fundamentalmente un autodescubimiento, la moralidad es una práctica. Sin embargo, la insistencia en éstos aspectos conduce a Sartre no sólo a una desvalorización de la dimensión teórica relacionada con la moral, sino a una verdadera mutilación de la misma.

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