El modelo Ptolomeico

Buenos días desde Academia Cruellas. Hoy vamos a comentar el modelo astronómico de Ptolomeo. Ptolomeo escogió la hipótesis geocéntrica y propuso un sistema que se impuso durante dicisiete siglos y fue tan válido y preciso que los árabes lo llamaron “el más grande”.

Ptolomeo afirma que su sistema no pretende descubrir la realidad: es sólo un medio de cálculo. En primer lugar las órbitas son levemente excéntricas. Sólo así podía explicarse la diferencia de brillo de los planetas y el hecho de que el Sol parezca mayor al mediodía en invierno que en verano. Pero entonces la Tierra no es el verdadero centro del cosmos.

En segundo lugar, la órbita del cualquier planeta no gira en torno al punto excéntrico a la Tierra, sino que describe un círculo en torno a un punto imaginario, el cual, a su vez, engendra una nueva circunferencia en torno al punto excéntrico.

Este artificio permite explicar los movimientos retrógrados, pero entonces los planetas no giran realmente en torno a la Tierra. Aún hubo que introducir, en algunos casos, otra modificación. La ciencia griega postulaba la uniformidad de los movimientos circulares. Pero los planetas parecen ir a veces más rápido. Por ello, hubo que fingir un punto excéntrico al circulo deferente.

No es extraño que Alfonso X, a la vista del sistema ptolemaico comentara que si Dios le hubiera pedido consejo al hacer el mundo, el resultado no habría sido tan complicado. Sin embargo, el modelo se mantuvo porque:

  • seguía aceptando la idea de una Tierra quieta y, más o menos, en el centro
  • empleaba exclusivamente movimientos circulares y uniformes
  • servía para predecir con bastante precisión los cambios celestes
  • era flexible: permitía correcciones, según aumentaba la precisión de las observaciones

Fue el cuarto punto el causante del derrumbamiento; si Aristóteles necesitaba 55 esferas para explicar el “sistema terrestre”, en el siglo XV se utilizaban más de 80 movimientos simultáneos para dar razón de los siete cuerpos celestes. Ya en el siglo XIV Nicolas de Oresme postuló la rotación de la tierra, a fin de simplificar el recargado artefacto. Posteriormente, el infantilismo de Nicolás de Cusa prepararía el terreno para refutar la gran objeción contra el heliocentrismo: la ausencia de paralaje. Pero el gran destructor, sería un clérigo polaco: Nicolás Copérnico.

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