Los romanos acusaban a los cartagineses de bárbaros porque en momentos difíciles sacrificaban a los dioses a sus propios hijos; la conservación de la costumbre aún se censuraba por los padres de la Iglesia en época muy tardía, al igual que la Biblia condenaba esta práctica de sus vecinos. Precisamente es la Biblia la que ofrece el nombre de topete para el lugar de estos sacrificios y parece relacionarlo con un dios Moloch.

Con todos estos antecedentes los arqueólogos han identificado con el nombre de tofet un área, que abarca el exterior de la colonias fenicias del Mediterráneo central en la que se hallan millares de urnas con cenizas de niños.

El sacrificio humano no era una práctica habitual, pero tampoco extraña, en la mayoría de las culturas antiguas; no había ningún problema en el caso de los prisioneros de guerra; tampoco nos tiene que resultar extraño que un monarca ofrezca la vida de su propio hijo para obtener un triunfo que interesa a todo su pueblo, como encontramos en el Antiguo Testamento, y excepcionalmente entre los griegos, como es el caso de Agamenón sacrificando a su hija Ifigenia en el último recurso para obtener vientos favorables a su empresa.

Los textos fenicios antiguos se refieren al sacrifico mola, y un documento de Ugarit, nos indica el ofrecimiento de la destrucción de los seres más queridos, es decir, los recién nacidos, para obtener de Baal la destrucción de los enemigos. Puede que la principal justificación del sacrificio humano para los cartaginenses estuviera en la imitación de la autoinmolación del dios Melkert.

Diodoro Sículo describe con todo detalle el sacrificio del niño, degollado por el sacerdote y colocado sobre los brazos extendidos de una estatua de bronce, desde los que el cuerpo se precipitaba hasta el fuego ante la presencia de los familiares, que no exteriorizaban ningún signo de dolor. En el 310 a.C., cuando Cartago estaba asediada por Agatocles de Siracusa, se decidió volver a recurrir al sacrificio de los hijos de las familias ilustres, puesto que generalmente se les sustituía por pobres o esclavos, y la ciudad ofreció en un solo acto la vida de 500 niños.

El tofet más antiguo y con mayor número de deposiciones es el de Cartago. En un lugar de media hectárea de recinto amurallado se han descubierto unas 20.000 urnas cinerarias infantiles, colocadas entre los siglos VII y II a.C. Estos corresponden a niños pequeños, desde recién nacidos hasta los tres años de edad y en menor número corresponde a cabras y ovejas. Los niños llegan al 90 por ciento de los restos en los estratos más recientes. lo que nos indica que el sacrificio humano se fue incrementando.

Los destinatarios de las ofrendas infantiles eran Tanit y Baal Hampón

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