En Tótem y Tabú, Freud intenta presentar una explicación comprehensiva del origen de la religión, de la moral y de la sociedad.
El punto de partida lo constituye la ambivalencia de los sentimientos del clan respecto del animal totémico: de un lado, sentimientos positivos reflejados en el respeto, homenaje, identificación con él (utilización de pieles y signos externos del tótem) y, de otro lado, agresividad contra él reflejada en el ceremonial de matarlo y comerlo, acto este último igualmente ambivalente en cuanto que muestra a la vez el intento de destruirlo y de identificarse con él. Esta ambivalencia de los sentimientos respecto del animal totémico son referidos por Freud a la situación edípica y a la actitud del niño respecto del padre.
Esta última suposición -juntamente con la vinculación cultural existente entre totemismo y prohibiciones, así como con la suposición darwiniana de que los hombres vivían primitivamente en hordas- llevó a Freud a la siguiente explicación: originalmente existió la horda en la cual el padre, autoritario y excluyente, monopolizaba las hembras; los hijos se reunieron y asesinaron al padre; una vez consumado el parricidio, los hijos fueron presa del sentimiento de culpabilidad y del deseo de expiación. El tótem vino así a tomar el lugar de la imagen del padre asesinado. Entre los hijos tuvo lugar un pacto de renuncia a la agresión mútua y se instituyó la prohibición del incesto. “Lo que el padre había impedido anteriormente, por el hecho mismo de su existencia, se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos, en virtud de aquella obediencia retrospectiva característica de una situación psíquica que el psicoanálisis nos ha hecho familiar. Desautorizaron su acto, prohibiendo la muerte del tótem, sustitución del padre, y renunciaron a recoger los frutos de su crimen, rehusando el contacto sexual con las mujeres accesibles ya para ellos. De este modo es como la conciencia de la culpabilidad del hijo engendró los dos tabúes fundamentales del totemismo, los cuales tenían que coincidir, así, con los dos deseos reprimidos del complejo de Edipo. Aquel que infringía estos tabúes se hacía culpable de los dos únicos crímenes que preocupaban a la sociedad primitiva”.
Esta explicación no fue nunca abandonada por Freud y si reafirmada constantemente a lo largo de su vida. Sin duda, se sintió profundamente satisfecho de hacer converger en el complejo de Edipo los orígenes de la religión, la moral y la sociedad.

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